El Reino de Este Mundo

“Y comprendía, ahora, que el hombre nunca sabe para quién padece y espera. Padece y espera y trabaja para gente que nunca conocerá, y que a su vez padecerán y esperarán y trabajarán para otros que tampoco serán felices, pues el hombre ansía siempre una felicidad situada más allá de la porción que le es otorgada. Pero la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse tareas. En el reino de los cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y de tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida en el reino de este mundo.”

– Alejo Carpentier, El Reino de Este Mundo


“Now he understood that a man never knows for whom he suffers and hopes. He suffers and hopes and toils for people he will never know, and who, in turn, will suffer and hope and toil for others who will not be happy either, for man always seeks a happiness beyond that which is granted to him. But man’s greatness consists in the very fact of wanting to be better than he is. In laying duties upon himself. In the Kingdom of Heaven there is no greatness to conquest, because there everything is an established hierarchy; the unknown is revealed; never ending existence; impossibility of sacrifice, repose and delight. For this reason, burdened by suffering and duties, beautiful in the midst of his misery, capable of love even in times of plagues, man can only find his greatness, his fullest measure, in the Kingdom of this World.”

– Alejo Carpentier, The Kingdom Of This World

Agnosticismo 2.0

Durante la mayor parte de mi vida me consideré agnóstico, en el sentido de alguien que no cree en la existencia de Dios, pero aún así está dispuesto a examinar cualquier evidencia a favor de la tesis de un Creador. Dicha evidencia habría tenido que ser muy sólida, porque la simple aparición de una virgen anunciando a Dios no me habría llevado más lejos que a la certidumbre de padecer de esquizofrenia; pero aún así siempre me consideré “agnóstico”, no “ateo”.

Sin embargo, en los últimos años mi agnosticismo se ha ido transformando en el de alguien que considera todo este asunto de la Creación como algo que simplemente está más allá de toda posibilidad de comprensión. El Creador que se deja sospechar detrás de cada nuevo evento se parece más a ese tipo que desencadena el peor incendio de la década después de tirar el cigarro desde la ventanilla del auto, y ni siquiera se da cuenta de que todos esos helicópteros, bomberos y sirenas son la consecuencia directa de su acción. O, por momentos, a uno de esos programadores mediocres, creadores de código inelegante, insípido e innecesariamente complicado, que termina produciendo software feo, ineficiente y lleno de bugs.

Sobre las Consecuencias y Tribulaciones de Ignorar el Problema del Cálculo Económico.

El primer choque que recuerdo con el problema del cálculo económico en el socialismo ocurrió mientras rallaba pan viejo para que mi abuela pudiera hacer sus famosos bizcochos.

-¿Por qué con pan rallado y no con harina?- le pregunté a mi abuela. No era la primera vez que la “ayudaba” a batir ingredientes con la vieja mezcladora Sunbeam, y recordaba que era harina de trigo el ingrediente de rigor.

-Porque hace dos meses que no hay harina en el mercado.

-El pan se hace con harina -le expliqué a mi abuela desde la sabiduría de mis siete años. -¿Cómo puede haber pan si no hay harina?

-Pregúntale a Fidel…

Mi abuela no necesitaba que se le diera mucha cuerda para arremeter contra el Gobierno Revolucionario, incluyendo a todos sus líderes y teóricos, desde Marx hasta el Comandante en Jefe. Pero sus argumentos en contra del comunismo se limitaban al simple sentido común, del tipo de “lo mío es mío y lo tuyo es tuyo”, y la retórica oficial no tenía mucho problema en descalificarlos tratándolos como uno más de los muchos “rezagos del pasado burgués” que los cubanos, a través de la maquinaria propagandística del Estado, éramos constantemente exhortados a combatir. La versión oficial achacaba las carencias a los “antisociales” que acaparaban mercancías para luego revenderlas en el mercado negro; y, por supuesto, al chivo expiatorio por excelencia: el “criminal bloqueo” de los Estados Unidos. Los escépticos, como mi abuela, culpaban a los funcionarios del régimen, atajo de ignorantes incapaces, que no sabían cómo producir y distribuir eficazmente la infinidad de productos que la población requería para su subsistencia. Incluso los partidarios del sistema, que también sufrían las consecuencias del desabastecimiento, culpaban a la natural tendencia de los nativos del trópico al desorden y la indolencia; sin preguntarse cómo los mismos problemas se repetían en cada uno de los países devastados por el desastre del socialismo, desde China hasta Alemania, sin importar las culturas, idiosincracias y tradiciones.

De haber leído a Ludwig von Mises, habríamos sabido que en una economía libre, el mercado asigna automáticamente un precio a cada producto de acuerdo a las fluctuaciones en la oferta y la demanda, y el sistema de precios resultante le permite a cada actor tomar decisiones racionales para optimizar el uso de los recursos de que dispone. El comunismo carece de un sistema que le permita distribuir eficientemente los recursos, porque los precios son establecidos arbitrariamente por un burócrata, y no conllevan ninguna información significativa de su importancia relativa en el mercado. Por eso la gente se ve obligada a rallar pan para producir harina; derretir helado para usarlo como leche; y destruir unos zapatos para usar la piel en la fabricación de un bolso.

Después de este primer tropiezo con el problema del cálculo económico, tuvieron que transcurrir varias décadas para que, gracias a una nueva tecnología conocida como “Internet”, cayera en mis manos un libro de Mises. Y se hizo la luz…

Human Action in the Mises Institute