Agnosticismo 2.0

Durante la mayor parte de mi vida me consideré agnóstico, en el sentido de alguien que no cree en la existencia de Dios, pero aún así está dispuesto a examinar cualquier evidencia a favor de la tesis de un Creador. Dicha evidencia habría tenido que ser muy sólida, porque la simple aparición de una virgen anunciando a Dios no me habría llevado más lejos que a la certidumbre de padecer de esquizofrenia; pero aún así siempre me consideré “agnóstico”, no “ateo”.

Sin embargo, en los últimos años mi agnosticismo se ha ido transformando en el de alguien que considera todo este asunto de la Creación como algo que simplemente está más allá de toda posibilidad de comprensión. El Creador que se deja sospechar detrás de cada nuevo evento se parece más a ese tipo que desencadena el peor incendio de la década después de tirar el cigarro desde la ventanilla del auto, y ni siquiera se da cuenta de que todos esos helicópteros, bomberos y sirenas son la consecuencia directa de su acción. O, por momentos, a uno de esos programadores mediocres, creadores de código inelegante, insípido e innecesariamente complicado, que termina produciendo software feo, ineficiente y lleno de bugs.

Mi Abuela y el Cálculo Económico.

El primer choque que recuerdo con el problema del cálculo económico en el socialismo ocurrió mientras rallaba pan viejo para que mi abuela pudiera hacer sus famosos bizcochos.

-¿Por qué con pan rallado y no con harina?- le pregunté a mi abuela. No era la primera vez que la “ayudaba” a batir ingredientes con la vieja mezcladora Sunbeam, y recordaba que era harina de trigo el ingrediente de rigor.

-Porque hace dos meses que no hay harina en el mercado.

-El pan se hace con harina -le expliqué a mi abuela desde la sabiduría de mis siete años. -¿Cómo puede haber pan si no hay harina?

-Pregúntale a Fidel…

Mi abuela no necesitaba que se le diera mucha cuerda para arremeter contra el Gobierno Revolucionario, incluyendo a todos sus líderes y teóricos, desde Marx hasta el Comandante en Jefe. Pero sus argumentos en contra del comunismo se limitaban al simple sentido común, del tipo de “lo mío es mío y lo tuyo es tuyo”, y la retórica oficial no tenía mucho problema en descalificarlos tratándolos como uno más de los muchos “rezagos del pasado burgués” que los cubanos, a través de la maquinaria propagandística del Estado, éramos constantemente exhortados a combatir. La versión oficial achacaba las carencias a los “antisociales” que acaparaban mercancías para luego revenderlas en el mercado negro; y, por supuesto, al chivo expiatorio por excelencia: el “criminal bloqueo” de los Estados Unidos. Los escépticos, como mi abuela, culpaban a los funcionarios del régimen, atajo de ignorantes incapaces, que no sabían cómo producir y distribuir eficazmente la infinidad de productos que la población requería para su subsistencia. Incluso los partidarios del sistema, que también sufrían las consecuencias del desabastecimiento, culpaban a la natural tendencia de los nativos del trópico al desorden y la indolencia; sin preguntarse cómo los mismos problemas se repetían en cada uno de los países devastados por el desastre del socialismo, desde China hasta Alemania, sin importar las culturas, idiosincracias y tradiciones.

De haber leído a Ludwig von Mises, habríamos sabido que en una economía libre, el mercado asigna automáticamente un precio a cada producto de acuerdo a las fluctuaciones en la oferta y la demanda, y el sistema de precios resultante le permite a cada actor tomar decisiones racionales para optimizar el uso de los recursos de que dispone. El comunismo carece de un sistema que le permita distribuir eficientemente los recursos, porque los precios son establecidos arbitrariamente por un burócrata, y no conllevan ninguna información significativa de su importancia relativa en el mercado. Por eso la gente se ve obligada a rallar pan para producir harina; derretir helado para usarlo como leche; y destruir unos zapatos para usar la piel en la fabricación de un bolso.

Después de este primer tropiezo con el problema del cálculo económico, tuvieron que transcurrir varias décadas para que, gracias a una nueva tecnología conocida como “Internet”, cayera en mis manos un libro de Mises. Y se hizo la luz…

Human Action in the Mises Institute

Egalitarianismo y Realidad

“La rebelión igualitaria contra la realidad biológica, por más significativa que pueda ser, es sólo una parte de una rebelión más profunda: contra la estructura ontológica de la realidad misma, contra la propia organización de la naturaleza;” contra el universo en sí. En el corazón de la izquierda igualitaria se encuentra la creencia patológica de que no existe una estructura de la realidad; de que el mundo es una tabula rasa que puede ser cambiada en cualquier momento en la dirección deseada bajo la acción de la voluntad humana. En resumen, que la realidad puede ser transformada instantáneamente por el simple deseo de los seres humanos.”

“The egalitarian revolt against biological reality, as significant as it is, is only a subset of a deeper revolt: against the ontological structure of reality itself, against the “very organization of nature”; against the universe as such. At the heart of the egalitarian left is the pathological belief that there is no structure of reality; that all the world is a tabula rasa that can be changed at any moment in any desired direction by the mere exercise of human will—in short, that reality can be instantly transformed by the mere wish or whim of human beings.”

– Murray N. Rothbard, Egalitarianism as a Revolt Against Nature’

Link to Steemit